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Carácter y trabajo del jiennense

El temparamento del B. Jiennense: carácter, manera de ser o reaccionar.

A esta raza se le debe de exigir lo que en el argot nuestro se denomina “sangre” , es decir fogosidad suficiente hasta llegar al limite de lo posible, para no convertirse en cazador cazado.

Su arrogancia debe de ser tal, que aun pareciéndonos a veces exagerada, al ejemplar de sexo contrario le parezca lo suficientemente atrayente como para no resistirse a la seducción.

La proximidad a la pieza ha de ser la justa para no alejarla de su objetivo, habrá veces que esta admita el contacto con el pecho y otras solo el trasteo, en función de la receptividad de la misma.

Cuando una pieza, -se entiende ajena al palomar-, le pide la copula la evita realizando el saque hacia su cajón, solo cuando esté seguro de que esta ha aceptado el territorio como suyo será cuando realice el acoplamiento.

La llamada profunda en el cajón a la pieza puede durar horas, pero nunca pierde el control de la situación si está solo o con machos de igual comportamiento, para ello en ocasiones se desplazará hasta la tablilla para no perder el control visual, eso cuando no lo haga con el oído que también interviene.

Su campo de acción debe de ser superior a la visual humana.

Cuando vuelve con pieza hacia su palomar en la mayoría de los casos debe de bajar de altura e ir directamente a la tablilla, obligándola en ocasiones a pararse por la imposibilidad de seguir volando.

El trabajo ha de ser casi constante, para lo que buscará campanarios, torres, tejados, en definitiva todos aquellos sitios que intuya seguridad suficiente para realizar su trabajo, llegando en algunos casos a parar en tejados de palomares ajenos pero evitando zonas inseguras y durante breves momentos. Este sería el limite máximo del carácter, antaño aprovechado por algunos malos aficionados para atraparlos con malas artes, como redes o falsos tejados.

Este conjunto de caracteres da lugar a tener en el palomar de cinco a siete machos en suelta pero raramente veremos en el palomar tres o cuatro juntos, el resto estarán trabajando, salvo que estén trasteando o llamando, ocasión esta última, en que no veremos ninguno y los oiremos a todos.

Sobre todos estos detalles el Buchón Jiennense siente por dentro una explosión de toda la casta que lleva dentro cuando ve pasar una zurita por su territorio, que le hace en ocasiones salir casi en vertical.

Para que su comportamiento sea el correcto habremos de observar ciertos detalles tenido en cuenta por los palomeros antiguos a saber: Evitaremos tener un número excesivo de machos en suelta cinco ya son suficientes si son adultos y están acoplados no se estorbaran, pero si hay entre ellos algún macho nuevo es posible que aun no tenga aprendido los desengaños propios de la suelta como por ejemplo, que esta se irá antes a la tablilla del que llama, que a la de aquel que la acosa.

No habrá pichones en suelta pues suelen ser motivo de entretenimiento y no digamos nodrizas o hembras en celo.

Los machos estarán en suelta permanente, tenerlos encerrados toda la semana para cuando llegan los amigos de turno, hablaríamos de palomos de recreo no de trabajo, por otro lado si nuestros amigos saben lo que están viendo observaran que están volando más por expansionamiento que por trabajo, al menos durante la primera hora, con lo cual no nos mostrarán lo esencial de ellos mismos.

Evitemos el "palomar carrusel", aquel que tras soltar todos los ejemplares, para verlos, empezamos a dar vueltas llegando al mareo.

Si lo volamos por turnos, sería un mal menor pero tengamos en cuenta que estos ejemplares en algunos casos sobre todo con las zuritas tardan varios días en su conquista, con lo cual al encerrarlos interrumpimos su trabajo.

Es conveniente al menos una vez al año refrescarles el celo, es decir echarle una hembra y unos días en huevos, antiguamente se solía criar con ellos una pareja propia de pichones, aquellos ejemplares que su fenotipo se lo permitía.

Estos son en rasgos generales algunos detalles del carácter y trabajo del Buchón Jiennense tan bien entendido por nuestros mayores y que hoy algunos noveles intentan reducir al espacio del jaulero.

Juan Espinosa. Jaén. Junio 2000