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Elogio de la caza

Quizá desde que el hombre descubrió que en las primeras fases del galanteo, el palomo conduce a la hembra al nido, para llamarla desde allí, fue utilizada esta especie para cazar. Es probable, como se ha dicho, que en nuestro país fueran los árabes los primeros en practicar esta afición, o por lo menos, en dejarlo escrito. Alguien ha dicho que la caza con palomo de una hembra en celo o perdida se parece a la cetrería, con la diferencia, digo yo, de ser una cetrería no sangrienta, en que la pieza cazada no sufre, en principio, ningún daño, y con una belleza en todos los pormenores del lance, que a mí me parece superior a la de la verdadera cetrería. Podría ser definida, pues, como la cetrería del pobre.

Desde aquellos remotos tiempos, el palomo en celo se utilizó para cazar. A lo largo del tiempo ha existido una ley, no escrita, respetada por todos los palomeros, que ha considerado que el palomo cazado sin malas artes por un aficionado pasa a ser de su propiedad. Con esta premisa, se practicaron juegos, más o menos organizados, consistentes en dejar unos aficionados machos en celo y otras hembras, con objeto de ver quién conseguía llevarse a quién a su respectivo palomar. Y como en todo juego, se gana o se pierde. El que perdía el palomo, ya sabía que no podía reclamarlo. Estos juegos llegaron a estar altamente organizados, como prueban unas Ordenanzas de la ciudad de Murcia, creo que del siglo XVIII, editadas por la FEDC, y otras, quizás anteriores, referidas a la ciudad de Cádiz.

El derecho, no escrito, del nuevo propietario del palomo cazado sobre el mismo se convirtió en un factor importantísimo de selección, pues eliminando estos palomos que se introducían en palomar ajeno se iba efectuando una selección a favor de los palomos más duros, que no eran cazados fácilmente; De pequeño oí alguna anécdota de palomeros a los que se les devolvía el palomo que había sido cazado, y que era matado allí mismo por el antiguo poseedor. Esta escena, a primera vista cruel, ilustra el hecho de que el palomo que era cazado no era ya querido por su antiguo dueño, y al ser eliminado, no tenía posibilidad de dar una descendencia de palomos demasiado fogosos, que pudieran caer fácilmente en palomar ajeno.

Con la llegada de los palomos deportivos, esta situación cambió radicalmente. Al tratarse de palomos excesivamente fogosos y nada duros, que perseguían a cualquier hembra dentro de su palomar, era fundamental eliminar la práctica y el concepto mismo de caza, así como el derecho anejo del cazador sobre la pieza cazada. Fue entonces cuando empezó a asimilarse la caza con el robo, y al antiguo cetrero con un ladrón, imponiendo el concepto de deporte y palomo deportivo. En el libro de don Ramón Fontelles sobre el nacimiento del palomo deportivo, «Nuestra Lucha», puede verse muy clara esta evolución.

Comprendo que la introducción del pica tenía que ir acompañada de un cambio en la ética de los palomeros. Cazar un pica no es cazar, pues es una cosa que no ofrece ninguna dificultad. Me parece perfectamente explicable que se haya identificado la captura de estos palomos con el robo, y en consecuencia, sea perseguida con todos los recursos de la ley.

Ahora bien, en aquellas zonas en que el pica no ha prevalecido sobre las buchonas antiguas, el concepto de caza sigue vigente.

Y constituye, como ya he dicho antes, un factor fundamental en la selección de dichas razas, eliminando los ejemplares blandos, y haciendo que la raza en cuestión sea cada vez más dura. Y el palomero antiguo sigue viendo en la caza no un robo, sino el resultado de un juego, en el que ese día ha triunfado sobre otro palomero que se jugaba a su vez su palomo, intentando ganarle la partida.

Lo que ha cambiado mucho ha sido la práctica de la caza. Hasta hace unos años, prácticamente todos los palomeros de buchonas se dedicaban a cazar. Tenían un equipo conjuntado de machos, normalmente no más de tres o cinco, que volando simultáneamente, o bien por turnos, estaban en perfectas condiciones de puesta a punto y de celo para darle a la caza la máxima belleza y eficacia. A partir del mes de octubre, terminada la muda, hasta el mes de abril siguiente, se guardaban las hembras, las parejas y los pichones, y se dejaba el equipo de machos en suelta para que prodigaran sus lances a lo largo de todo el invierno Cuando un macho encerraba pieza, se le dejaba un rato para grabarle aún más cuál era el sitio donde tenía que encerrarla. Después se le quitaba, y el palomo no disfrutaba otra hembra hasta que no volvía a repetir otra captura. Los palomos en suelta tenían sus posaderos y sus itinerarios de caza, y podía vérseles durante todo el día recorriéndolos, prodigando los saques, trasteos y regresos al palomar.

En la actualidad, esto ha cambiado mucho. Abunda el aficionado que ya no valora la caza. Su palomar es, más que un museo, un almacén de palomos, casi siempre sobrecargado de ejemplares, que se dedican a arrullarse entre ellos en el tejado, y lo más que dan es una triste vuelta a la casa para regresar al momento. Cuando salen a volar, se recortan unos a otros y vuelven enseguida. En definitiva, no cazan. Esta es la tónica casi general. Los aficionados argumentan que a ellos les da igual cazar o no, que no van a hacer carne. Pero es que la caza es la esencia de la afición a la suelta. Sólo el palomo que está preparado y en condiciones de cazar es el que expresa al máximo lo que lleva dentro, el que despliega ante nuestros ojos todos sus recursos de seducción.

Cazando, se establece una asociación entre el palomero y el palomo. El palomo «sabe» que tiene que cazar, como «sabe» el pointer que la perdiz que está mostrando será tirada por el cazador, o el macho de perdiz «cree» que está venciendo a sus rivales, cuando en realidad son abatidos por la escopeta del «cuquillero». La postura despreciativa hacia la caza de estos almacenistas de palomos, es la misma que mostraría un cuquillero que se pasara el año cuidando a sus machos de perdiz y, al llegar el celo, no los cazara, argumentando que sólo los tenía para verlos.

En Jaén, en donde vivo, los palomeros cazadores se pueden contar con los dedos de una mano, y aún me sobran dedos. Conozco a un viejo aficionado que tiene un equipo de palomos maravilloso. Sus palomos no ganarán nunca una exposición. No podría asegurarse si corresponden-exactamente al estándar de una determinada raza ni si tienen las míticas tres verrugas en la base del pico. Han sido adquiridos aquí y allá; sus orígenes son los más diversos. Su propietario sólo les exige que vuelen, busquen y cacen infatigablemente. Y puede vérseles durante todo el día dando viajes a la Catedral en busca de zuritas, en las que todos los palomos en suelta de Jaén se empican, dada su gran abundancia.

Quitando alguna excepción como ésta, casi todos mis amigos palomeros pertenecen a la categoría de los almacenistas. Tienen más palomos de los que deberían tener y se pasan el día mirándoles las porretas, la cabeza, el buche... y viéndoles dar trabajosas vueltas a la casa. Están empezando a organizarse y a hacer estándares y exposiciones de palomos metidos en jaulas. Pero para acordarse de algún lance de caza, muchos tendrían que remontarse a los días de su infancia.

Luis Montiel Bueno (Jaén).