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Breve historia del «buchón jiennense»

El buchón jiennense procede de la antigua raza de laudinos, creados en la región valentina, y del palomo murciano, abundante a primeros de siglo en esta provincia. Los primeros laudinos fueron importados sobre el año 1905; en el año 1935 aún se encontraban en la Plaza Redonda  de Valencia, donde  había venta de palomos. De  estos laudinos te ofrecían unos más  ágiles, con cara fina y pocas carúnculas, y otros con cara almendrada, fuerte pico y desarrolladas rosetas; su vuelo lo realizaba con cola gacha y cabeza baja. Se decía habían sido logrados con la paloma dragona, la azul de la estrella y la magaña.

La paloma dragona era una paloma de fuerte pico, carúnculas (rosetas) grandes, tercerona del palomo de raza carrier con la mensajera de Lieja.  

La azul de la estrella era una paloma pequeña, de cabeza redonda, ojos muy grandes, pico corto, cola y alas proporcionadas y muy robustas, patas desnudas y sin escamas. El nombre de estrella venía de que en el centro de la cabeza, la mayoría de los ejemplares, poseían 3ó 5 plumas blancas.

La paloma   magaña,  cuya  denominación procede de  la membrana semipálida que circunda el ojo del color de las legañas (producto fisiológico del ojo, que en la lengua lemosina se denomina  magaña,  y como  el origen de esta raza es del país donde se hablaba el dialecto lemosín —Reino   de Valencia—, desde muy antiguo  se le dio este nombre), era algo más grande que la azul de la estrella, de color muy oscuro, casi negro, de cabeza algo alargada, las membranas  de  la nariz bien pronunciadas, bastante alta, de patas fuertes y resistentes; los ejemplares más selectos tenían las doce últimas plumas o remeras de las alas de color azul rojizo y cola de color azul oscuro. Estos palomos, junto al laudino de origen, ya habían desaparecido en los años cuarenta, lo mismo que el murciano, el cual desapareció en los años de la guerra civil.

Los  primeros laudinos que  se importaron eran de temperamento  fogoso; si estaban sin hembra, en suelta, esto les conducía a introducirse con facilidad en palomar ajeno. Al cruzarle con el murciano para corregir este defecto comprobaron  con agrado que los nuevos ejemplares poseían un cierto grado de inteligencia y que por medio del aprendizaje o enseñanza se podía modificar el comportamiento intuitivo del animal. Presentaban también una figura más recortada, pico fuerte, un poco largo pero romo, así como  carúnculas o rosetas más desarrolladas, y la cualidad de ser más voladores y de vuelos más largos y sostenidos que los de hasta entonces conocidos.

Fue también intención, al efectuar el cruce con el murciano, modificar su vuelo tan irregular, por su  fantasía al realizarlo. Volando aumenta  de tamaño, hundido de albardilla, cabeza en alto mirando por encima de sí; buche largo y bajo, dando la sensación de ser una continuación de su cuello, alto y recio; cola vuelta hacia arriba, en arco, y el vuelo lento, como  remando  para no zarandear su buche largo. Era de cara corta con medianas rosetas, cabeza redondeada, pico corto no fino, el ojo de tonalidades rojizas y poseyendo en su mandíbula inferior una tirilla de piel emplumada que parte su cuello sin llegar al buche, este último en forma de pera; patas recias y andar arrogante, cabeza echada para atrás, siendo su mayor virtud su especial vuelo.

Con  estos primeros  cruces laudino-murcianos se lograron ejemplares de rabadilla ancha, de vuelo colillano en el aire. A estas hembras de este primer cruce se influenciaron con palomos  de raza rafeña. El resultado fue que los nuevos ejemplares serenaron su temperamento  y se perfeccionó mucho su figura al ser más  alzados, defendiendo mejor su descolgado buche, que se hizo abundante; se logró el morrillo emplumado en la parte de atrás del cuello, cualidad que años después  fue apreciada por los entendidos, y se mejoró  grandemente  la configuración de la cabeza. Así pues, con una fuerte producción y selección se lograron ejemplares del agrado del aficionado. Por el proceso selectivo para su mejora, éstos perdieron parte de la analogía heredada, consiguiendo una fisonomía  natural y cierta uniformidad, facilitando la clasificación y origen a la raza. Con el paso  de los años, la dedicación y el trabajo, además  de la talla, forma y tipo del ejemplar, se seleccionó la conformación de la cabeza, las carúnculas o verrugas nasales, los párpados o ribetes del ojo, que podían ser de morfología lisa, fina o rugosa, así como sus cualidades, caracteres y vuelo; este último muy fijado y característico en la raza: volando con la cola completamente abierta, estando ésta vuelta al iniciar el vuelo y tirándose a su regreso, colillano en el aire, sacando el cuello cuando metidos en vuelo se juntan con alguna pieza, buche bajo redondeado.  Bonitos en la mano, presentaban rasgos de perfección en la cabeza, ojo, cercos  de ojo, pico, carúncula o rosetas; alas largas y  fuertes, de vareta ancha, siendo de mayor mérito si en una de las alas tienen 11 remeras; patas recias y escamosas, de poco peso, sólo plumaje. Al ejemplar que es fino y de clase le salen  unas palmerillas entre las plumas y unos pelos  que se les ve a través de ellas, y 13 plumas en  la cola; su arrullo, ronco y entrecortado, lo realizan parado o sobre posadero de exposiciones,  y para no mostrar chepa lo harán sin agachar la  cola ni la cabeza, hundido de albardilla, formando  con ello una bella figura al soltar buche  y aumentar de tamaño. Su llamada al nido es  de gran sonoridad, oyéndose a gran distancia,  como igual será sonoro el palmeo que hacen  con las alas, que ni al iniciar el vuelo, ni durante  él, ni al regreso bajarán de su cerpo; son muy  dados a tirarse a su palomar con cola vuelta,  cabeza y alas en alto, sin moverlas, «haciendo  el ángel» al regreso de vuelos de altura. 

En  sus principios, una vez constituida su raza, fueron dedicados a las sueltas de pocos machos para cazar hembras o todo palomo extraviado, como entendían la suelta los antiguos  aficionados. Bien fijados sus instintos de conservación, seducción y persecución, y gran  vuelo e inteligencia para no introducirse en palomar ajeno. A finales de los años 40 el aficionado dejó atrás las sueltas para cazar; la mayoría de ellos cambiaron de mentalidad o modalidad de afición, buscándose en la selección de  los palomos, más que instintos, la belleza de éstos; sus sueltas se hicieron numerosas en ejemplares de recreo o exhibición, por lo que el aficionado se hizo más comunicativo, hasta llegar  a hoy, en que centra su interés en asistir con  sus palomos más bellos a concursos y exposiciones.

Este es, a grandes  rasgos, el historial del buchón  jiennense, señalando las diversas razas de su origen, lo que me fue contado por aficionados  mayores que  intervinieron en su nacimiento, junto con modestas apreciaciones que, como  antiguo aficionado, me he permitido expresar, ya que en 1930 tenía palomos de esta raza en mi palomar.

Justo Sánchez Ruiz. Linares. Palomos Deportivos. Diciembre 1986.