Inicio

El Canela

Era un día viernes del sesenta y tres. "Manteca", sobrenombre que le puso el tano Mario por no haberse querido subir al mástil de la placita, donde se jugaban los picados con "la Pulpo" con arcos chicos, donde sí, había que meterla, era un pibe de catorce. Estaría por el segundo año del Comercial y desde hacía dos o tres años criaba palomas buchonas.

Como nunca le habían gustado las matemáticas y la contabilidad, seguro encontraba distracción con la cría de estas aves. Además, en el barrrio había varios que cultivaban la afición. Pelusa, el diarero y su hijo Juanca, Virgilio el canchero de "La Maderera" que tenía Gorgueros, todos blancos, el "gallego", un señor mayor, siempre en camiseta y boina negra, que además de muy lindos buchones, criaba unas palomas de grandes carúnculas, que decía eran mensajeras Belgas. Otro criador, era un pibe de 17 más o menos, que también iba al Comercial de Ramos, ENCRM. Tenía buches bonitos. Y otros por los alrededores, generalmente mayores. Y luego, algunos chicos más chicos, que se entusiasmaban y se ponían a criar también. Miguelito, un personaje que todo él parecía un pájaro. Las piernas de "Manteca", que cuando se ponía los cortos hacían recordar a Olivia, la amada de Popeye, eran dos columnas dóricas al lado de las de Miguelito. A Miguelito las medias de fútbol, aunque se pusiera tres pares y con elástico, siempre estaban más abajo que los botines. Eran como si las pobres se quisieran sostener en el palo enjabonado de las kermeses aquellas. Manteca lo quería mucho. Un tal Ciraolo, amigo de Miguelito, también se había entusiasmado con las palomas. Su padre que era político, se dijo que había sido asesinado en su casa.

Estas noticias eran para los pibes del barrio, anecdóticas, como las noticias de Colonia que impostaba Ariel Delgado. Les interesaban los picados en la Placita y en la Maderera, mirar las series de la tele, ver el Club del Clan, salir los fines de semana a ver, si tan siquiera, les prestara una mirada alguna piba. Y a los palomeros, ver sus palomos surcando los cielos del barrio.

Manteca no tenía buchones que se destacaran como los de Virgilio, Pelu o el Gallego.

A la tarde, después de hacer las tareas del cole y de memorizar las lecciones de historia o geografía, se subía a la terraza para ver si ya estaban pateando los muchachos. Desde la terraza de Manteca se veía parte de la Maderera. Cuando en el arco que daba de espaldas a su casa estaba ocupado por algún émulo de Roma o Carrizo, quería decir que había pelota, por consiguiente, también eran parte del paisaje futbolero, los gorgueros de Virgilio volando y bajando sobre su casa. Humilde casa de canchero, siempre cuidada y blanquita como las marcas de cal que Virgilio redibujaba con lápiz de punta de lata y de mango escobero. Con carga inmaculada, constantemente revuelta, que llevaba en un tacho chorreado sobre su carretilla, los sábados a la mañana sobre el césped raleado de la canchita.

También se escuchaba el plá plá plá plá del Overo de Peluza, que levantaba a la conquista de alguna plumífera. Peluza vivía a media cuadra. Su casa se veía perfectamente desde la terraza de Manteca y la mayoría de las veces se encontraban con Pelu, saludándose con el brazo en alto como diciéndose sin decir, -¡Heyyyy, acá estoy !-. Ese overo, fue también famoso en el barrio, Peluza se lo compró a un cliente de él, que tenía su casa cerca de la estación de Ramos Mejía por donde hacía el reparto en bici, seguramente recordando su época de corredor. Manteca lo fue a ver correr un par de veces, pues todavía Peluza seguía despuntando el vicio de las carreras de bicicleta, en esas reuniones deportivas donde se hablaba de tubos, cambios, cuadros, pelotón, con el infaltable personaje, "Chuenga", que le endulzaba la tarde a los presentes.

Pero el palomo que les quitaba el sueño a los palomeros del barrio, era el Negro del Gallego.

Manteca se paraba hasta en los picados de la Placita cuando pasaba el "Negro", para verlo volar, armarse y planear sobre los palomares del barrio. Y luego parar en su atalaya, la torre de Matías. Una torre, que remataba en un pico, donde el Negro era único rey.

Ninguna paloma, paraba en ese lugar, como si estas respetasen ese trono por demás inalcanzable y reservado a los ejemplares de gran estirpe.

La torre de Matías, estaba a una cuadra y media de su casa.

Manteca quería llegar a tener un palomo de esos y estaba juntando moneda tras moneda para comprarle al Gallego un ejemplar parecido. Y le faltaban centavos para reunir la cantidad necesaria para adquirir un palomo. Por eso, ese viernes del sesenta y tres, a la noche no podía pegar los ojos. Al otro día iban a venir de visita la abuela de Saavedra, Lucía, su segunda mamá, y mamá de su mamá Elisa y su tía Maruca, a comer a su casa, y en realidad, se sentía como en víspera de Reyes.

Manteca tenía gran cariño por su abuela y su tía, pero además, estaba casi seguro que iban a ayudarlo para completar el faltante, que lo hiciera poseedor de un palomo de aquellos.

El sábado a la mañana se despertó temprano y a cada rato salía a la vereda a otear si por la calle Colombia y pasando como tres cuadras la casa de Matías, el de la torre, venían las dos Reinas Magas, a comer a su casa.

Después de los besos perfumados, con esa fragancia tan particular que usaba la abuela Lucía y con el dinero constante y sonante que jamás podrían pagar esas ilusiones postergadas por varias semanas, fue casi corriendo a la casa del "gallego".

De golpe se encontró siguiendo a ese señor más bien gordo, de andar cansino, con su camiseta y su boina negra, a través del patio emparrado, rumbo al fondo de la casa donde se escuchaba el arrullo de las palomas, que parecía que lo estaban recibiendo y vivando por su logro. Iba a tener en su palomar un buchón de los buenos.

El "gallego" va a una de las jaulas, que seguro ya tendría elejida y saca un palomo que a Manteca le pareció de un color raro, que nunca antes había visto. El señor de la boina le dijo que era un palomo joven de cinco meses que ni bien se aquerenciara lo iba a poder volar.

Así fue que Manteca se fue para su casa casi corriendo con el palomo en sus manos.

Cuando llegó se lo mostró orgulloso a su madre, abuela y tía, la cual le dice: -¡ que lindo, es canela ! -.

Así fue que la tía Maruca lo bautizó cromáticamente para siempre. El Canela.

Al tiempo el "Canela" empezó a hacerse conocer en el barrio entre los criadores. Los plá plá plá plá del Overo de Peluza empezaron a mezclarse con los del "Canela" que no era tan pesado, pero que cuando se armaba no tenía nada que envidiarle a ningún palomo de la zona en buche y en vuelo. O sí, al Negro del Gallego.

Manteca no sólo dejaba el picado para ver al Negro, ahora tenía en el cielo otro color para disfrutar.

Pasó el tiempo, en los sesenta y pico no pasaba tan rápido. Manteca no pudo sacar hijos del Canela pues prefería verlo volar. Durante esos años consiguió otros palomos muy lindos. Llegó a tener el Overo de Peluza que le cambió por pichones de un Chocolate que le compró al cliente de Peluza, el de Ramos Mejía.

Pero como el Canela, no volaba ninguno de esos palomos, quizás fueran más vistosos, eso sí.

Era la época donde la secundaria y las pibas insumían más tiempo y los palomos empezaron a quedar un tanto relegados.

Cierto día se produjo en la vida de Manteca la concreción de una cita, una señorita le había prestado algo más que una mirada, y por consiguiente hacía falta cierto efectivo, por lo menos para el colectivo y la Coca. Y no tuvo mejor idea que llevar a la pajarería al único palomo que no tenía enyuntado, el Canela.

Seguro esa cita era muy importante para tal acción, pero haber vendido al palomo no la justificaba. Ya era tarde. Se sintió muy mal y durante un tiempo se la pasaba mirando al cielo pero sólo veía al Negro del Gallego floreándose en la torre de Matías, desde donde seguía con sus seductoras incursiones aéreas, sobrevolando los palomares vecinos.

Después de tres o cuatro meses, tal vez más, durante el picado de la Placita del maldito mástil, gracias al cual se ganó del tano Mario su alias, Manteca se quedó inmóvil mirando para el cielo, como si de pronto se hubiese olvidado la jugada que quería hacer, como si el calambre fuera en la cabeza, cuando vio que una paloma de un color parecido al que estaba acostumbrado a ver en el cielo, pero sin buche, ni postura, se precipitó, literalmente en su terraza, donde tenía el palomar. ¡El Canela! gritó, y salió corriendo como si el pase gol, fuera para el lado de su casa, dejando el equipo sin un jugador.

Cuando subió a la terraza, vio en un casillero del palomar al Canela, flaco, sucio, como si hubiera estado criando. Hambriento y sediento.

Manteca lo agarró, lo miró cuidadosamente y se lo puso en el pecho como queriéndole pedir perdón por tan alta traición. Lo acarició y lo vovió al casillero para que siga saciando su hambre, su sed y su querencia.

Fue increíble como el Canela lo ató de nuevo a la afición. Pronto lo volvió a ver volar, ya repuesto, con su color original, tragando aire y mirando para la torre de Matías.

Cada vez que levantaba el Negro, ahí nomás el Canela ya estaba en el aire, armado, fuerte y seductor, lo que hizo que Manteca se construyera una trampera, cosa que hasta el momento no había hecho. En el barrio no se competía para ver quien "robaba" más, sino por cual palomo estaba más tiempo en el aire.

Ni se dio cuenta cuando el Canela se apropió de la trampera y demostró de verdad, que era mucho más seductor que bonito.

Pero el momento inolvidable fue una tarde en que Manteca estaba estudiando en la cocina, cuando escuchó el plá, plá, plá, plá, del aleteo del Canela, el único palomo que tenía suelto y no supo porqué, largó el libro y subió a la terraza salteando escalones, como si no hubiera gravedad. Y lo que vio le pareció un lindo sueño.

El Canela venía planeando y el Negro del gallego atrás. Ambos dieron unas vueltas y el Negro volvió a su trono y el Canela a la pared de la terraza.

Frente al palomar, Manteca tenía una especie de altillo o desván con una puertita con tres hendijas para la entrada de aire, por las cuales se podía mal ver el piso del palomar, pero entreabriendo la puerta, se podía otear la trampa donde "trabajaba" el Canela. La trampa no tenía ningún hilo para cerrar la red, sólo había que esconderse en el desván, mirar por la puerta entreabierta y ni bien entrara una paloma a la misma, salir rápidamente y tapar con las manos el espacio libre a fin de atraparla. Realmente en el barrio, todos eran conocidos y jamás se capturaban las palomas entre si, por eso la trampa estaba a medio hacer.

Manteca se escondió en el desván, y a través de la puerta veía como el Canela comenzaba a ponerse nervioso y a tragar aire, se acordaba de las lecciones de zoología, por lo de los sacos aéreos de las aves, de la paloma puntualmente, que estudió en la ENCRM, y se imaginaba que los estaba llenando de aire para ser más liviano.

Oyó a la distancia el aleteo del Negro y rápidamente vio que el Canela levantó vuelo. Salió de su escondite y asomado a la pared vio que los dos palomos encaraban para su palomar. El Canela adelante y el Negro que lo seguía.

Manteca volvió a su escondite, como si en las series de Combate hubiera empezado la balaceda y sintió como el Canela bajó y arrullando sin interrupción entraba en la trampera, salía y volvía a entrar.

Manteca quería ver prácticamente sin abrir la puertita, el Canela seguía arrullando sin parar pero no podía ver si el Negro había bajado pues no lo veía, por lo menos sobre el palomar, ni siquiera al lado de la trampera.

De pronto se le ocurrió mirar hacia el tanque de agua, dos metros sobre el palomar y allí lo vio, arrullando, con su buche tornasolado como de seda negra. Entrecerró de nuevo la puerta dejando un resquicio ínfimo enfocando la trampera. El Canela seguía llamando desde adentro, se escuchó un corto aleteo y el Negro bajó hacia la boca del cajón. El corazón de Manteca quería también salir a volar y cuando el Negro entró en la trampera, abrió la puerta y se lanzó hacia ella. Cuando agarró al Negro la sensación fue de plena felicidad, con el palomo que parecía solo hecho de plumas, liviano, etéreo, como que se le iba a escurrir de entre los dedos, pero a su vez tranquilo y seguro de que había caído en buenas manos. Manteca se despertó de un lindo sueño que se disfruta dos veces. Cuando se sueña y cuando se hace realidad. Comparó al Negro con el Canela y ya no le parecía tan lindo. El Canela lo miraba orgulloso, arrullando y contento de su faena, como obsequiándole el regalo con el cual había soñado durante mucho tiempo. Como si se lo hubiera prometido.

Al Negro lo tuvo una noche en su palomar, al otro día, se lo llevó al Gallego, que con un seco -¡Gracias!-, de por medio, se lo llevó para el fondo sin más. Durante un tiempo la torre de Matías quedó sin su Otelo plumífero.

El Canela siguió haciendo de las suyas con toda la libertad que se supo ganar.

Al tiempo, Manteca entró al servicio militar y las obligaciones de la vida lo llevaron a cambiar gustos y costumbres. En realidad, esa realidad fue la que se convirtió en un sueño, y cuando se despertó no supo que pasó con el palomar de su casa de Ramos Mejía. Ni de sus palomos y por consiguiente, con el Canela.

Dice una persona que lo conoce bien, que a Manteca lo ven andar por las calles mirando al cielo. Muchas veces esa persona que lo conoce bien, le pregunta -¿qué estás buscando mirando para arriba?- A veces, cuando tiene ganas, Manteca le confiesa, sólo a esa persona que lo conoce bien, - (¡Estoy buscando al Canela!)-.

Ricardo Saccomanno