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Mi debut

Mi padre ejercía la noble profesión de maestro nacional en Vallada. Esto ocurría allá por el año 1916.

El pueblo en cuestión era pobre, arrinconado entre montañas, y los vecinos, que no llegaban a dos mil, tenían que trabajar aquellas áridas tierras de sol a sol para mal comer y subsistir.

Los maestros tampoco escapaban a esta situación y diríase de ellos que eran unos heroicos mártires, tanto por la santidad de su sacrificio, como por el valor de hacer frente a la vida con muy menguados recursos.

Porque mi padre percibía un sueldo mensual de noventa pesetas, tenía cinco hijos que mantener y setenta alumnos en matrícula con quien lidiar. Todo un poema. Pero como no hay nada que aguce tanto el ingenio como el ayuno impuesto por las circunstancias, tuvo que darse prisa con sus ejercicios mentales en hallar una solución para resolver nuestra angustiosa situación.

Muy difícil es sacar de donde no hay, pero él lo intentó de la siguiente manera: Llegaban las vacaciones y decidió habilitar el colegio, que era espacioso, en teatro, con vistas al esparcimiento general y sobre todo en beneficio propio. Estudióse el asunto y puso rápidamente manos a la obra. Valiéndose del ascendiente que ejercía sobre los familiares de los discípulos, obtuvo la desinteresada colaboración tanto del carpintero, como del electricista, del pintor y hasta de «Cacerolo» el sacristán, que se ofreció para apuntador. Todos por amor al arte.

Con respecto a la compañía infantil también le fue fácil su formación. Sobró con el encomio de los futuros actores — niño o niña — ante sus padres, recalcando que por su indiscutible valor, quedaban seleccionados para formar parte en el cuadro artístico, honor que sólo alcanzaba a los más distinguidos. Esto excitó la vanidad de los padres, quienes dieron gustosos su conformidad.

Y, en fin, todo resuelto favorablemente, vamos a la obra. Inmediatamente mi padre se encerró por las noches en la escuela y empezó a escribir con tal diligencia, que en tres días había producido más que el Tostado en un mes. Fruto de su imaginación vieron la luz varias piezas en un acto y un drama en tres. Ignoro si estos engendros eran absolutamente originales o hijos adoptivos. Fueran lo que fueran se llegó al estreno.

La escuela ofrecía un aspecto deslumbrante, el lleno era absoluto, la expectación enorme y el éxito, tanto artístico como económico, apoteósico. El capítulo de gastos cero.

Cuando terminada la función, ya en casa, se quedaba sólo mi padre, contando la recaudación, su mirada se posaba como una caricia sobre aquellos duros de plata que guardaba con devoción... Mis hermanitos también participaban de la alegría y se atrevían a acariciar y sopesar el saquito de las monedas mientras preguntaban curiosos: — Ya somos ricos, ¿verdad papá?

— Casi, casi, pero callad y estaos quietos ¡demonios! que nos van a oír los vecinos, — replicaba con emocionada voz de falsete —.

El negocio iba superiormente, pero tal era la prisa de recaudar fondos con desmedido afán, que la gente se dio cuenta y empezó a hacer comentarios poco favorables, sobre todo destacaban la explotación de que eran objeto todos, y mientras su hijo —yo— quedaba al margen de toda actividad. Todo esto llegó a oídos del autor de mis días, el cual me llamó a capítulo para decirme:

—Mira hijo, la gente nos critica porque tú no sales al teatro, así que es preciso que te vean.

—¡Eso faltaba! No cuentes pues conmigo.

—¿Cómo? ¡Nada, nada, te lo mando yo y obedeces!

—Pero si yo...

—Te he dicho que a obedecer —me atajó resuelto—. Te intercalaré un papelito muy corto, porque la cuestión es que te vean estos palurdos, y así salimos del paso. Además, si colaboras, te prometo un palomar y dos palomos de lo mejor que haya. Aún escuché más reconvenciones y argumentos, hasta que accedí a ser comediante.

Entregóme el papel y empecé a su estudio y ensayos. El contenido del mismo empezaba con: «Caramba Doña Bernarda, lamento el percance, etc.». Cinco o seis líneas que aún releídas por enésima vez se revelaban a entrar en mi mollera.

Luego, en casa, me tomaba él la lección y ante mi calamitoso examen, se desesperaba para terminar diciendo: «Dios no te llama por este camino. Parece mentira —se lamentaba mirando al cielo—, que seas hijo mío».

Y llegó el día del debut.

El público conocía la obra y se emocionaba con el dramatismo de algunas escenas que les oprimía el corazón y les hacía verter abundantes lágrimas.

Los entreactos los aprovechaba mi padre, como momento psicológico para agasajar a los deudos de los artistas, encomiando las dotes de sus hijos, y aquellos sencillos ciudadanos se hinchaban de vanidad, mientras el maestro iba haciendo su agosto.

Ya estaba yo caracterizado de inspector de policía, dispuesto a tomar parte en la función. Iba a levantarse el telón, cuando me dio las últimas instrucciones entre bastidores, porque él también hacía de traspunte.

— Mira, — me dijo —, tú te estás aquí esperando el momento en que yo te avise, dándote unas suaves palmaditas en la espalda. Entonces sales a escena y, ¡zas! recitas tu papel, y seguidamente vuelves por donde entraste, ¿estamos?

—Caso de duda, —terció Cardenillo allí presente—, estate atento al apuntador y así no hay equivocación posible.

—Eso es, —ultimó m¡ padre—, ¿listos?, pues venga, tocad la tercera.

Lentamente se levantó el telón y empezó el drama. La obra iba transcurriendo normalmente en espera de las tristes escenas de referencia. Ya se acercaba el momento cumbre, cuando Cardenillo, que conocía el «asunto», se acercó en forma artera y me golpeó suavemente en la espalda.

Yo, que solamente estaba pendiente del aviso, sin reparar en nada, creyendo que era mi padre, salgo a escena a destiempo y en cuyo momento no había allí más que el hijo del farmacéutico, un chiquito regordete y coloradito, el cual hacía de criado de la casa, que con los brazos arremangados estaba colocando los cubiertos sobre la mesa de los señores.

¡Expectación!

Yo no me amilané y sin que viniera a cuento, puesto que mi intervención debía ser en otro acto, me encaro con el criado y digo el papel como si de la señora se tratara: «Caramba, Doña Bernarda..., etc.». Bueno, a partir de aquí, el cataclismo artístico no es para descrito. El pobre niño, acongojado, apenas tiene fuerzas para replicarme, dándose palmaditas en el pecho como justificación:

—Yo... yo no soy Doña Bernarda, yo no soy no Doña Bernarda...

—Cristo, es verdad, —repliqué—, no había reparado, ¿pero dónde demonios se habra metido esta mujer?

—Yo qué sé.

—Bueno, la esperaré aquí —y me siento—.

El apuntador me llama bruto. Mi padre airado me hace señas para que abandone el escenario. No hago caso, pero el tramoyista baja el telón. Entonces mi padre enarbolando una escoba me persigue encarnizadamente. Ataque del que recibo unos polvorientos impactos en las costillas, que casi me dejan fuera de combate; al tiempo que repetía enfurecido: «Toma palomos, inútil, toma palomos». Gracias a mi diligente huida puedo evitarlo, pero no el tropiezo con bastidores, telones, sillas y chirimbolos. Provoco un estropicio, cunde el desconcierto..., mi padre vocifera clamando al cielo, la bronca es enorme, cunde entre los artistas la confusión en el escenario, y en este momento alguien tira del telón, brindando al público una escena tan realista, como jamás soñara.

Y ¡oh paradojas del destino! El público reacciona con un ataque de hilaridad general en que todos lloran, pero esta vez de risa, premiando mi «trabajo» con nutridos aplausos y la más grande ovación que se oyera jamás entre aquellas desconchadas paredes, pidiendo con insistencia «que se repita la escena». ¡A buenas horas!

Desgraciado, repetía desolado mi padre dejándose caer vencido en un sillón. Has transformado en un sainete mi hermoso drama. Y como un castigo, a partir de entonces, el «negocio teatral» se vino abajo. Nadie tomó en serio el drama. El boticario se ofendió porque algunos gamberros, que ya los había, dieron en llamar a su hijo Doña Bernarda; y cuando algún guasón le decía a mi padre: «Su hijo si que promete», él contestaba con la amargura que es de suponer: «Sí, hombre, sí, promete,, promete... terminar con toda la paja de la comarca ¡vive Dios!». Y se le escapaba un suspiro recordando mi debut, que a pesar suyo fue sonado, porque hice llorar hasta al autor.

Pasaron los años. Se hizo el milagro. Acontecimientos favorables dieron origen a la prosperidad de Vallada.

El descubrimiento de importantes alumbramientos de agua transformó aquellas áridas tierras en exuberantes huertas, y paralelamente el auge que tomó la industria otrora, mísera y sin horizontes, contribuyó a que sea hoy Vallada un emporio de actividad y bienestar, en donde se disfruta de un alto nivel de vida, como pocos pueblos de España se le puedan comparar.

Allí no hay pobres. Todos viven bien. Y no podía faltar una sociedad de entusiastas palomistas, obra de mi modesta colaboración, en los tiempos en que las vacas, más que flacas, eran esqueléticas.

Luis Gual