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La eternidad bien pudiera ser una paloma

Mis primeros recuerdos palomeros incluyen un jardín, con frondosos árboles de laurel, donde mi abuelo paterno, en sus ratos libres, disfrutaba de la belleza y el trabajo de unos cuantos palomos (valencianos, con la indefinición que el término conlleva hoy en día) a los que tenía asignados pequeños cajones verdes de madera, con techo de hojalata, que colgaban de las tapias blanqueadas. Por allí jugaba yo con mis primos favoritos y allí debieron germinar en mí las primeras semillas de columbicultura. Ahora, tras tantos años dedicado a su cultivo, me veo enfrentado, cada vez con más frecuencia, al pensamiento de que los palomos en sí, son seres vivos individuales (como "vasos de sangre", por usar la expresión de un buen amigo palomero), gradualmente pierden importancia para mí, a favor del valor que adquieren, cada vez con mayor insistencia, como representación de algo que es, tal vez a fuerza de costumbre o por otras razones (genéticas, socioculturales, o de algún otro tipo), una parte integrante de mí mismo.

"Los palomos son una droga", comenta a menudo con convicción otro buen aficionado y excelente amigo, y no me cabe más remedio que admitir que ciertamente lo son, con síntomas de uso y abstinencia que en numerosas ocasiones le resultan difíciles de entender al que es lego en la materia. De algún modo, los palomos organizan nuestra vida (desgraciadamente, incluso la mediatizan y limitan en muchos casos). Vivimos con y para ellos y, por otra parte, no podemos vivir sin ellos; tal separación puede constituir un problema y resultar incómoda o incluso traumática.

Esa necesidad casi absoluta que algunos de nosotros (que podrían ser denominados como "aficionados profundos") tenemos de nuestros animales puede deberse al hecho de que, en gran medida, ellos se han transformado en una prolongación, proyección o apéndice de nosotros mismos, viéndose convertido en un aspecto ineludible de nuestra personalidad y de nuestra práctica vital. A veces, esta absorbente afición llega a ser lo que nos define a los ojos del mundo. Por ejemplo, conozco a bastante gente que me pregunta por mis palomos antes de preguntarme por mi familia, mi trabajo o alguna otra circunstancia personal. Considerando lo expuesto con anterioridad, no sólo no me asombra este hecho sino que soy capaz también de disculpar a estas personas, de buena gana y sin guardarles rencor.

Tras establecer este contexto, diré que tampoco me sorprende encontrar, de vez en cuando, manifestaciones artísticas o literarias en las cuales la paloma se ve dotada de un cierto simbolismo que, en ocasiones, se aleja de la iconografía más común y generalizada de la paloma como representación de la paz, del amor o de la conexión existente entre el espíritu humano y el de su Creador. En algunos de estos trabajos, la utilización de la paloma como símbolo ofrece tintes extremadamente personales que, sin embargo, (especialmente si la labor creativa es lo suficientemente competente) se tornan arquetípicos y, por tanto, son aplicables a todo el mundo. Es como si, gracias a la combinación de sus dotes de percepción y a su habilidad técnica, el escritor, pintor, etc., hubiese sido capaz de transformar una idea puntual sobre la paloma, que bien ha surgido en él mismo o que ha observado en alguna otra persona, en vehículo de algo que podríamos calificar de experiencia universal.

En un artículo previamente publicado en Arte Avícola (números 26 y 27,1998) hice alusión al modo en que, dentro de sus Cuentos de Odessa (1921-1923) y en el relato "Historia de mi palomar", el escritor Isaak Babel representó el final de la inocencia mediante la pérdida sufrida por un niño en sus palomas y en la persona de su querido abuelo. Me gustaría ahora estudiar otros trabajos donde diversos autores proponen, igualmente, un uso especial para las relaciones entre seres humanos y palomas, con la esperanza de que resulten de interés.

La novela de Mercó Rodoreda La plaça del Diamant(1982) es una obra en que la obsesiva afición a las palomas de un hombre vive a través de un buen número de páginas hasta convertirse en una parte significativa del todo. Recién casado, Quimet espera conseguir fama y fortuna a través de las palomas. En lo alto de su piso barcelonés y con la ayuda de sus dos mejores amigos, Cintet y Mateu, construye un palomar que atiborra indiscriminadamente de parejas reproductoras. Su plan es criar todos los pichones posibles para, por una parte, venderlos como alimento y lucrarse con ello y para, por otro lado y a su tiempo, hacer cruces de razas y convertirse en un famoso criador, ganador de innumerables premios.

La historia se nos narra desde el punto de vista de Natalia, la mujer de Quimet, a la que él, desde su primer encuentro, ha apodado cariñosamente Colometa. Para Natalia, la obsesión columbicultora de su marido empieza por ser simplemente curiosa o extravagante, aunque termine convirtiéndose en algo insoportable a medida que las palomas (buchonas, colipavas, monjinas, capuchinas, acorbatadas, etc.) van invadiendo su vida y su casa. En los ratos libres se habla solamente de palomas. Los niños viven absortos entre palomas. Todo, incluso ella misma, sabe a paloma, huele a paloma y suena a paloma. En tanto que Quimet compara el palomar con el corazón y a las palomas con la sangre, porque salen de él y dan vueltas a su alrededor para acabar regresando, la propia Natalia decide poner fin a la situación y, tan a menudo como le es posible, empieza a molestar a las parejas que se encuentran incubando. Las levanta de los nidos, les agita los huevos, y las atormenta de otras mil maneras hasta que, para desesperación de su marido, dejan de reproducir.

Se da, a partir de este momento, una vuelta a las tornas de la novela pues Natalia no tiene ocasión de disfrutar con el triunfo de su gran revolución. Su victoria viene a coincidir con el estallido de la revolución y la Guerra Civil. Quimet y sus amigos Cintet y Mateu, los que le ayudaron a hacer el palomar, se van al frente de Aragón y la mayor parte de las palomas, que, a causa de la carestía que acompaña a la guerra, Natalia no puede alimentar, acaba volando a lares más provechosos. De cualquier modo, a Quimet ya no le importa perder sus palomas. Ahora vive para otros sueños y su único interés es el futuro, el alumbramiento del mundo nuevo y mejor que muchos ansían. Desgraciadamente para los intereses de la Segunda República, de la Revolución y de un buen número de españoles, dicho mundo nunca llegó a nacer en los términos deseados. Tras la muerte en combate de Quimet, Cintet y Mateu, Natalia ve cómo, al final, sólo queda una paloma, una de pintas, que un buen día, toda huesos y plumas, aparece, como las esperanzas de su esposo, muerta de inanición.

Una vez que, tras grandes dificultades, rehace su vida después del cese de la guerra, Natalia se da cuenta de que, por paradojas de la vida, ahora echa de menos las palomas. En su visión recobrada de palomas en una alta torre con ventanitas, todo es lo mismo pero todo es bonito, y las palomas ni ensucian ni se espulgan, y los pichones son alimentados regularmente y sin problemas, y las aguas no se enturbian, y los huevos no se pudren, y en los nidos siempre hay pasto limpio y nuevo. Sentada en el parque junto a mujeres maduras como ella que la conocen como "la señora de las palomas", Natalia se convierte, de nuevo y genuinamente, en Colometa, y se ahoga en la tremenda añoranza de su juventud y de sus años felices, representados por un palomar soñado, vivo y vibrante como un gran corazón.

En al menos otras dos novelas que se inspiran en la Guerra Civil española juega la paloma un papel simbólico. En la obra de Robert Payne The Song of the Peasant, que publicó bajo el pseudónimo de Robert Young en 1939, de nuevo recibe una mujer el apodo de Palomita del hombre que la ama. Pilar es aficionada a las palomas y mantiene un pequeño bando de ellas, al que alegremente suma una paloma perdida que su novio Pere encuentra en su barca y le regala. Aquí la paloma claramente ejerce su función (reseñada anteriormente y algo manida, tal vez por exceso de trabajo a través de los tiempos) de representante de la paz. Mientras Pere y los otros pescadores del pueblo catalán de Santa Olalla se preparan para marchar a la guerra, Pilar les riñe de un modo que esclarece cualquier duda que se pudiera tener al respecto de este papel de la paloma como símbolo de la paz: "Dadme un poco de paz antes de desperdiciar vuestras vidas".

Bastante más interesante resulta el simbolismo que adquieren las palomas en The Day of the Fox (1955), una novela de Norman Lewis que estudia el significado moral de ciertos actos en tiempos de guerra. La acción de esta obra tiene lugar en los años inmediatamente posteriores a la guerra y parece transcurrir en las Baleares. De hecho, en su posterior y exquisito artículo "The Passing of San Vicente" aparecido en la revista New Stateman (vol. 75, núm. 1293 [19 enero 1968], pág. 69), Lewis trató de nuevo algunos temas que había apuntado en la novela, especialmente el de la destrucción indiscriminada de los valores y tradiciones de las islas, de su medio ambiente y de sus especies animales autóctonas.

Se podría decir que el protagonista de The Day ofthe Fox es triple, o una especie de fenómeno híbrido que surge de las relaciones establecidas entre tres hombres: Costa, un pescador reclutado a punta de pistola por el ejército franquista; Molina, un agente republicano con la misión de organizar la guerra de guerrillas, y don Federico Vilanova, un aristócrata de edad madura cuyas convicciones parecen más cercanas a los ideales anarquistas que a la fe de su propia clase social. De alguna manera, es Vilanova el único que nos interesa aquí. Movido no sólo por razones humanitarias sino también por la idea de que los representantes del nuevo régimen están llevando a cabo acciones perjudiciales para el equilibrio (social, pero también ecológico) de la comunidad, es él quien ofrece refugio a Molina. Vilanova entiende que los zorros sean zorros y que los halcones sean halcones y que, como tales, por necesidad e instinto, estén interesados en cazar sus animales favoritos: gallinas de exposición de gran calidad y valiosas palomas volteadoras. Lo que no entiende, o, mejor dicho, lo que considera inmoral y aberrante es el empeño de algunos en destruir el equilibrio de un mundo que a él le parece armónico.

La palabra que define a las palomas de Don Federico en la novela es, específicamente, tumbler. Es bonito pensar, sin embargo, que se pueda tratar de palomas de alguna de esas razas que, con tanta capacidad como cariño, ha venido presentando Jaume Montserrat en Arte Avícola. De cualquier modo, no es contra los halcones que cazan sus palomas contra quien se rebela Vilanova sino contra esos otros depredadores humanos que sacan ventaja de la marea de la guerra para aprovecharse de sus conciudadanos. Contra uno de ellos, un desalmado y ambicioso dueño de empresa constructora llamado Alfonso Valls, que mueve sus influencias con el nuevo gobierno para intentar apoderarse de la finca de Vilanova, es contra quien lanza su bravo desafío final, incitándole a venir a disfrutar de los despojos.

Ya fuera del ámbito de la literatura de ficción sobre la Guerra Civil, una novela de Anita De-sai trata las palomas en términos simbólicos que, en alguna medida, bien pudieran recordarnos a los que se observan en la novela de Norman Lewis. Se trata de la obra In Custody (1984), que sirvió de base a una película. Aquí, Deven, un sufrido profesor interino que ejerce su labor docente en una oscura universidad de una provinciana y aburrida ciudad de la India, recibe inesperadamente el encargo de sus sueños: entrevistar para una afamada revista literaria, con ocasión de un especial número monográfico, a Nur, el más famoso poeta en lengua urdu de todos los tiempos. El urdu, idioma oficial del Pakistán, relacionado con el hindi, el árabe y el persa, fue la lengua de los primeros invasores musulmanes del subcontinente indio, y es usado por la inmensa mayoría de los musulmanes de la India. La importancia, pues, que la misión de Deven tiene para su sociedad es innegable. Por otro lado, para él mismo, también poeta, esta oportunidad supone la inyección de una gran dosis de entusiasmo y estímulo personal, al par que un ansiado y necesario avance en su carrera. Tras una serie de vicisitudes que la autora adorna con sutiles pinceladas de sátira, Deven es finalmente admitido en casa de Nur y conoce a este aristocrático patriarca de las letras. Pero todo son obstáculos para su labor. Esto sucede no sólo porque Nur vive rodeado de una variopinta multitud de seres mercenarios y parasitarios que hace imposible disponer de un momento de tranquilidad para llevar a cabo la grabación de las entrevistas. El propio Nur es un ser débil, y hasta aparentemente mezquino, que se ha convertido en una mera caricatura. Curiosamente, Nur mismo comunica a Deven el desgraciado hecho de que su realidad es muy diferente de su leyenda y, curiosamente, lo hace mediante constantes referencias a sus palomas.

Ya en el primer encuentro entre Nur y Deven desempeñan las palomas una función importante, al servir para establecer la atmósfera de desasosiego y frustración en que vive inmerso el anciano poeta, que ahora es incapaz de escribir un solo verso y que considera que su inspiración está agotada: "¿Qué tengo que ofrecerte, amigo? Nada. Tal como suena: nada. Ahora soy un mendigo. Todas mis joyas han sido robadas". Cuando ambos hombres suben a la terraza, un ingente bando de palomas hambrientas aterriza sobre su dueño, causándole pequeños arañazos y no poca irritación. Una vez que han sido alimentadas y se han calmado un poco, Nur comenta que es una pena que el pájaro, símbolo de la canción, del vuelo y de la libertad, se haya convertido en una amenaza. Sin duda, sus palomas le recuerdan al conjunto de personas que le rodea con el único propósito de aprovecharse de él. Pero juegan también otro papel.

Días después del incidente en la terraza, en medio de un banquete y tras mucho rogar, Nur recita un poema sobre el vuelo, uno que escribió en su juventud y que algunos de los asistentes ya conocen. Al terminar, y entre la indiferencia de su público, que sólo parece interesado en comer y beber, Nur comienza a hablar de sus recuerdos de palomero, de los combates y competiciones que presenciaba desde su tejado, de sus mansas colipavas y sus volteadoras campeonas: " Ninguno de vosotros conoce este juego real, por supuesto. En los viejos tiempos el cielo de Delhi era un tapiz brillante, no el espeso cobertor de humo y gases que es ahora. El aire era tan brillante como una pieza de seda y el sol centelleaba sobre él como un enorme pendiente de oro labrado por un joyero. Cuando las colipavas volaban hacia él, se convertían en gemas y me deslumbraban". Seguidamente, cuenta una larga y enrevesada historia sobre un vecino que le envidiaba sus magníficas palomas y quería apoderarse de ellas.

Evidentemente, como en el mundo mediterráneo, también en la India, y en época relativamente reciente, se realizaba el juego de volar los palomos propios con la finalidad de atrapar los del vecino. Mientras Deven trata de seguir las largas e intrincadas explicaciones técnicas de Nur sobre cómo entrenar a un campeón, se sorprende de que la afición entrañe tantos procedimientos y conocimientos y se pregunta qué relación puede existir entre este deporte y la poesía. No es hasta casi el final de la novela cuando esta pregunta, al menos en relación al glorioso poeta que Nur fue una vez, obtiene respuesta. Después que todos sus esfuerzos por obtener material fiable para su proyecto han resultado baldíos y después de contemplar cómo, entre alcoholizado y prematuramente senil, su ídolo de pies de barro se descompone, Deven recibe una entrañable y a la vez aterradora carta en que Nur le comunica que, prácticamente. todo se ha acabado: "Mis palomas se mueren. Ha surgido una nueva enfermedad que los veterinarios del hospital para animales desconocen. Ya se ha llevado a cinco, cada uno de ellos un campeón. Y en los otros también observo el hongo gris que va creciendo hasta cubrirles las cabezas, cerrarles los ojos, sellarles los picos, y atenazarles los dedos y patas hasta que acaban muriendo una muerte lenta, asfixiados. No hay medicina que los cure. Les veo caer o me los encuentro tirados sobre un costado, fríos. Cuando el último de mis palomos se haya ido, yo dejaré de escribir poesía para siempre. Yo me iré con ellos".

No queda muy claro que esta carta le traiga a Deven una explicación satisfactoria del estado de las cosas, pero a un apasionado columbicultor sí que puede resultarle suficientemente convincente. De hecho y a bote pronto, no recuerdo haber encontrado una muestra literaria más definitiva que ésta del modo en que la personalidad de un aficionado (en realidad, los aspectos más íntimos de ella e incluso su propia identidad: recordemos que Nuresun poeta) se desarrolla y madura paralelamente al devenir de su afición. A Deven sólo le resta poner al mal tiempo buena cara e intentar mantener la custodia de la incuestionable belleza de la obra de Nur y de los raros momentos de amistad entre ellos dos. A mí sólo me queda despedirme por ahora, con la reflexión de que si bien los palomos, esos seres que habitan en estrecha relación con algunos de nosotros, son "una droga", o delicados "vasos de sangre", también son, en cierto modo, gemas: ideas, símbolos, a veces metáforas y hasta poemas completos.

José Morales