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El ladrón de tiendas

Vivía el niño Balbino en una casa sencilla, ni de rico ni de pobre. El padre trabajaba en lo suyo y como lo suyo no era bastante, se buscaba algo extra como lo de tratante de bestias. El padre tenia otros aires mientras todo estuvo en las mismas manos, antes de morir el abuelo. Después del reparto se quedo más pobre, pero siguió siendo de buena familia por ser cosa que no se pierde en cuestión de horas. El tío Goro y la tía Encarna, entraron a repartir con él en cuanto al campo, mientras que a la otra hermana, la tía Luisa, le toco el lote de la tienda, una tienda muy oscura, chiquitita, repleta de tarros siempre mediados de especias, cuya venta más importante consistía en las muchas carterillas de "torrevuelto" que se vendían en medio de una atmósfera picajosa para la garganta e irritante para los ojos.

Presumía el Niño Balbino de tener un amigo palomero, de mucha más edad que él, del que tomaba experiencia con solo escuchar sus consejos, bien en plena calle o en la estrechez de la casa, casa muy estrecha, semejante a un puñal clavado en el suelo, de escalera muy empinada, que ascendía, con unos escalones muy altos que alcanzaban hasta media pierna y que tenias que subir encogiendo el cuerpo para evitar que la cabeza rozase la techumbre, hasta desembocar en un soberado. El soberado por el que tenias que desplazarte encorvado tenia dos puertas, una, un hueco en el que hacia de puerta una esterilla de esparto que daba entrada a una cámara, de mas bajo nivel que el soberado, en la que podías moverte con mucho mas deshago, con estatura de persona, y que recibía la luz por una ventanilla a ras del tejadillo, debidamente cerrada con una tela metálica cogida al marco con puntillas giratorias por donde entraba el aire y salía el piojuelo, que no era poco, dado que siempre tenia allí una docena de palomos, unos sueltos y otros enjaulados en cajones del tabaco para que estallaran de celo. Echaba a criar las parejas a finales de febrero, en la camarilla a la que se entraba por la otro puerta del soberado y a la que nunca había tenido acceso por habérselo impedido el palomero con razones distintas cada vez que lo había intentado, es decir, que solo había estado en la otra cámara donde se podían ver los machos rabiando de celo y que era la cámara para el apalabramiento de los tratos.

Nunca sabias, no podías saber de puro imposible, si era verdad lo que te contaba, pero siempre, por supuesto, el animal que te metía por los ojos, era hijo o nieto de aquel que más te gustaba, de alguno de aquellos que volaban en los tres rodetes que tenia instalados en el tejado pequeñito que arrancaba desde el ventanuco de la tela metálica, retahíla que iniciaba en el trayecto de las escaleras, con mayor energía en el soberado, a plena verborrea en la camarilla, vendiéndote ese palomo, precisamente ese, porque eras tu, que al ser hijo de su Viejo era un crimen desprenderse de el, ante lo que tu tenias que rendirte y otorgar por ser una evidencia tan palpable, las mismas narices, las mismas hechuras que el Viejo, Aunque un poquillo mas corto de patas, que había que decir si se estaba viendo que eran dos gotas de agua, la madre ni que decir tiene que era un ejemplar, en la otra camarilla estaba fuera de la vista de los golosos, para quitarse de compromisos, a lo que tu otorgabas porque no había otro remedio, llegando a soñar con aquellos animales fabulosos que nunca llegarías a ver ya que solo eran puntales del trato e hijos de la imaginación.

Al fin se pudo hacer del macho plumin, sin pegas para volarlo, lo que afirmaba besando la señal de la cruz de su propia mano, te digo, decía, que viene de un cambio que he hecho con un forastero que ni más ni menos se ha llevado mi zarándalo, un ejemplar como tu sabes, pero el plumin esta a la vista, mas palomo y con la ventaja de que puede volarse sin miedo a que se pueda perder. En diciendo aquello, soltó al plumin en el poyo y seguidamente la canela enjaulada y ya estas viendo lo que tenias que ver, fíjate, ni un picotazo, mira como la envuelve, mira como se engalla, mira como la pisa, mira que clase de macho tienes delante. Y dijo que ya había visto lo que había que ver y que el trato lo cerraba en diez duros y él le contesto con total embelesamiento, que aunque solamente contara con diez pesetas, se quedaba con el macho, que era cuestión de unos días el que le diera el resto de los dineros, haciendo también la señal de la cruz a modo de garantía.

Aquella noche soñó despierto con el palomo plumin, figura en el aire, la pieza en la cola, mirando al reojo hasta entrar en picado directamente al rodete, barajando en la cabeza la necesidad imperiosa de encontrar el resto del dinero con la necesidad que tenia del plumin, gozoso, al fin de cuentas, de que iba a conseguir un macho en condiciones que en nada se parecía a las zupias de su palomar, palomos cruzados que volaban como flechines, ladrones como ellos solos, eso si, pero ni sombra siquiera del valenciano que se iba a agenciar en cuanto apañase los dineros que le faltaban.

De tanto pensar, de tanto soñar, cayo en la cuenta de pasarse por la tienda de la tía Luisa, y así lo hizo a la mañana siguiente, encontrándola vacía de clientela, sin que la tía Luisa estuviese tampoco en esos momentos ya que permanecía en la tienda solo mientras despachaba, sentándose el resto del tiempo en la habitación contigua, al vaivén de la mecedora, o trajinando por la casa haciendo sus faenas de mujer. Al no haber nadie en la tienda ni en la habitación de al lado, se deslizo como una bicha hasta el mostrador cogiendo un duro de la cajetilla de cartón que tenia la tía Luisa para guardar los dineros. Y así se fue repitiendo durante días hasta completar los ocho duros que necesitaba, en el convencimiento de que aquello que hacia estaba mas mal que bien, pero convenciéndose de que a fin de cuentas la tía Luisa era soltera y de que los dineros tendrían que venir a su poder cuando se repartiera la herencia, consolándose definitivamente al hacerse a la idea de que ella era la que mejor había escapado cuando las particiones del abuelo.

El palomero amigo del Niño Balbino tenia unos ojos vivarachos, pequeños, de pecado continuo, una risa gutural, muy seguida, también pequeña, muy al modo de sus pies, más pequeños de lo normal, los que le permitían deslizarse por el tejado como gato montes, los dedos un tanto finos, porrudos en las articulaciones, manos feas en su conjunto, ágiles para mostrar los palomos, para coger los ocho duros que rápidamente se guardo en el bolsillo trasero del pantalón, ágiles para pinchar a punta de navaja la cajeta de zapatos para que el plumin no se asfixiara, atándola con un cacho de guita que colgaba de un clavo, diciéndole, tan ágil de boca como era, que se llevaba un animal de categoría, con unas narices como un par de Habas, que no se le fuera a ocurrir venderlo, contestándole él, con atropello, que no, que no, que lo quería para simiente, para hacerse de buena raza, que lo metería unos días en el rodete con una palomilla en celo y que una vez que lo volase lo dejaría solo, al caso, hasta que le picara bien el culo, para divertirse, que alguna palomilla forastera metería en el rodete al ser palomo ladrón.

Le había puesto en el rodete su trigo y su agua y su palomilla en celo, una cruzada de zurita, azul, aleta baberica, que se puso lo mas de pizpireta cuando introdujo al plumin, bufada y como una novia, mucho más cuando el macho le busco el celo con mimo de buen macho, cosa que no hizo siete días mas tarde, ! La muy pelleja ¡, cuando descorrió la red y quedaron libres para el vuelo, el macho muy arisco sobre la tablilla, con un susto gutural entrecortado, mirando en todas direcciones, perdida su lamina de palomo buchón de la que había disfrutado en los siete días de encierro, saltando seguidamente, liso y descompuesto, hasta el caballete del tejado de la casa contigua, donde, mas intranquilo todavía, se puso a hacer amagos de saltar de nuevo, mientras el repetía, el corazón apretado como un miedo, ! Salta paloma pelleja, salta ¡, dirigiéndose a la baberica, sin que ella hiciera lo mas mínimo por el macho, como si se hubiera pasado de celo, espulgándose en la tablilla, lo que no se debe hacer en habiendo amor por medio, saltando al cabo de lo que le pareció una eternidad hasta el caballete, gallarina, haciéndole la ilusión de que de un momento a otro iba a tirar a encerrar, pero, ! La muy pelleja ¡, hizo todo lo contrario, un saque y se llevo al plumin, volviendo sola, como una flechina que viniera a clavarse en el rodete, como si el rodete fuera el rodete de su propio corazón que ahora, violentamente, le volteaba la sangre, y mas violentamente todavía cuando vio pasar al plumin, aletargado y muy alto, desparramando la vista, buscando lo que al instante pudo comprobar que buscaba, la paloma canela que el palomero le había soltado en la camarilla, porque canela era la que iba pegada a el en la segunda pasada, planeando en descenso camino del palomar de su querencia, como dos animales hermanados de tiempo atrás. Con toda la rabia del mundo noto que no le quedaba aire en el cuerpo y que los ojos le rabiaban de traspasar el cielo luminoso de la mañana con aquella fijeza, cobrando sentido en ese instante, hasta el menor gesto, todas las palabras y razones del palomero, como que no volara al plumin con ninguna canela por ser pluma que disloca a los machos, entendiéndolo todo de un tirón, burlado su entendimiento y sin poder hacer nada por evitarlo, ni ahora ni después cuando le negó que el macho hubiese ido a su casa, a pesar de habérselo pedido con toda humildad, con las lagrimas al ras de la mirada, ni ahora, ni mas tarde al remorderle la conciencia por haber metido la mano en los dineros de la tía Luisa, ni ahora ni nunca dijo nada a nadie, a pesar de lo mucho que había aprendido en tan poco tiempo, pensando resignadamente que la cosa debía quedar entre los cabales: el palomero, el palomo y el, entre tres ladrones a fin de cuentas.

Alfonso Fernández Malo