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Miguel el de la cueva

Había una vez un palomero, que no sabía leer ni escribir, en su miseria apenas tenía para ir tirando . Su vivienda era una cueva pegando a los restos de la muralla que aun quedaban de lo que fue la fortaleza defensiva de Jaén. Miguel “el de la cueva”, que con todos los respetos les llamaban el resto de aficionados, casi no llegaba a final de mes, vestía pantalón de pana a piezas de distintas tintadas y calzaba albarcas hechas con los neumáticos usados de los coches. Su comida era austera, un trozo de pan, aceite y alguna raspa de bacalao con que engañar el picor de los rábanos. Sin embargo sus palomas no les faltaban ni gloria bendita. Su palomar en la desesperación de su pobreza la providencia le había asignado el mejor posible, la última torre, la única que había quedado erguida e intacta a pesar del paso del tiempo.¡Que belleza de paisaje! ¡Que dominio de la visualización del vuelo!

Sus razas antiguas eran admirados por su vuelo sostenido en la búsqueda, cola cerrada, buche recogido, cuello plegado, apenas parecían buchones. Pero cuando venían con su conquista, el ahumado de Miguel aparecía con su cuello en alto, bicheando para no perder a su acompañante y pendiente del plumin, no fuera le ganara en arrogancia. La cola plana con sus puntas vueltas pero abierta hasta parecer un abanico. Su buche de pera no tenía más movimiento que el que le daban los continuos punteos de cabeza, es decir una pequeña recogida de adelante a tras. Al llegar a la torre y a pesar de estar en ella, mi padre, Miguel y yo, ambos palomos entran sin pisar la tabla en unos cajones de madera carcomida por el tiempo y como protector contra las inclemencias le había colocado unas baldosas procedentes de derribo, su presupuesto no le daba para más, tampoco sus palomos exigían mucho.

La perdida, una zurita pinta, reminiscencia de algún cruce de parque, cuando observó el movimiento se eleva perdiéndose en la última torre de la muralla, casi derruida por el tiempo.

El ahumado y el plumin que se percatan de la espantada, lo mismo que entraron salieron, elevándose en vertical con un palmoteo al unísono que hicieron arrancar vuelo de nuevo a su conquista.

Ante aquel trabajo y proezas, mi corta edad y mi carácter introvertido no fueron obstáculo para que se me escapara “Miguel porque no me apaña un pichón del ahumao”.

“El de la cueva” se hizo el sordo y siguió enseñando hasta un total de cinco machos, pues más, ni quería ni podía mantenerlos.

Pasó aquel otoño y yo soñaba con el ahumado, el plumin, el rosado y los dos azules que parecía gemelos. A pesar de tener un mundo de riquezas comparada con su vida humilde yo lo único que añoraba eran ese tipo de palomas. Llegó la primavera y mi padre se encontró un día con Miguel y casi como si estuviera pactado, le dijo “ dile a tu niño que vaya al palomar a por un pichón hijo del ahumao que le he sacao, pero que me traiga la anilla que yo no puedo costearlas”

Ante la grandeza humana y generosidad del aquel aficionado que apenas podía comprar las anillas, no tuve más remedio que rendirle mi admiración de por vida. Siempre me sirvió de referencia comercial con mis palomas.

Pasaron los años y deje de ser un niño y el “de la Cueva” se hizo mayor y más humano si cabía, aunque su cultura seguía siendo la misma, su riqueza colombofila fue en aumento y fue para mi una referencia como persona y como aficionado. Un día que orgulloso me enseñaba sus palomos, le pregunté ¿Miguel cual es tu secreto para hacer los cruces, que sacas cuatro pichones al año y todos buenos? Él en una escueta respuesta y sin darse importancia me respondió:” ESO LO CONSEGUIRÁS CRIANDO Y OBSERVANDO, NO EN LA UNIVERSIDAD”

(Dedicado a cuantos palomeros quedaron en el anonimato, aunque sembraron humanidad y afición)
Juan Espinosa
Jaén 21-05-2001