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Los tobis y la negra

Corren los años noventa, casi todas las razas de buchonas han sido consolidadas, excepto algunas más recientes como el nuevo valenciano y el balear, pero pasando de todas estas modas, en un pueblo cualquiera, existía junto a la torre del barrio un palomero de cabello blanco que aun rondando los ochenta no era obstáculo para estar todo el día bregando con sus animales. Su terraza desde la que se podía apreciar casi todas las torres del pueblo, albergaba a media docena de gallinas, una veintena de pájaros y sus palomas. A estas él gustaba llamarlas Raza Antigua como de toda la vida, pasaba un poco de estándares y exposiciones, aunque frecuentara de visitarlas acompañando a su hijo y nieto, ya que ambos habían heredado el mismo vicio que él.

Planeando el golpe

En la plaza que servía de antesala a la iglesia, había aquel día un corrillo fuera de lo común no por sus personajes, sino por su actitud algo cómplice y sospechosa:

“El Antoñito” ojos vivarachos y recelosos, en su rostro se reflejaba una infancia difícil por la que había pasado de todo, su padre alcohólico apenas lo veía, su hermano mayor adicto a la heroína y su hermana se había largado con un vendedor ambulante.

“ El Suso” en la jerarquía le seguía Jesús que como diminutivo le habían asignado dicho apodo, su infancia no era difícil, pero andaba dejado de la mano de Dios y las circunstancias, pues sus padres solo se preocupaban de ganar dinero para sus vicios.

“El Lete” José que así era su nombre, acababa de unirse al grupo y era el que tenía una vida más normal, si bien sus juntas eran consecuencia de su ignorancia y su corta edad.

Entre los tres no juntaban cuatro metros de talla ni cuarenta años de edad. Ese día el tema escogido había sido las palomas y más concretamente las excelentes voladoras que tenía el Abuelo, como ellos lo denominaban, aquellos palomos de cola vuelta, cuello erguido que paraban en la torre con un porte observador, pendientes de cualquier zurita desemparejada. Previamente a su llegada los cabecillas ya habían tenido su conversación privada y decidieron hacerse con alguna paloma de las que tanto añoraban a costa de lo que fuese. Cuando asoma a la plaza el “Lete “, ya estaban los justos y podrían planear el golpe.

El primer paso a llevar a cabo, sería hacer un seguimiento de las actividades del Abuelo, así como de los de su mujer que representaba para ellos más peligro si cabe, pues habían tenido ocasión de comprobar como algún mozalbete con escopeta de plomos incluida, había tenido que poner tierra de por medio al ser sorprendido cuando intentaba abatir alguna paloma, la señora no se sabe si por coincidir que estaba partiendo la carne, o por que con el ánimo de compensar un poco la cuestión armamentística, salía tras el referido cazador con el cuquillo culinario.

Ya sabían que a las once de la mañana el palomero estaría en misa, que era lo que hacía regularmente. El viernes con un poco de suerte la señora estaría en el mercado realizando la compra para el fin de semana. Estaba decidido el viernes a la once treparía por el huerto contiguo al tejado y de este a la terraza.

Aquélla noche el “Antoñito” y el “Suso” no podían conciliar el sueño, no por el temor a la fechoría que estaban dispuestos a realizar, sino por que sus cabezas daban vueltas pensando que podrían hacer con tan hermosos ejemplares cuando los tuvieran en sus casas respectivas. El “Lete” si bien se le había encomendado la misión de vigilancia a partir de las nueve de la mañana, era inconsciente de la trascendencia de la misma, por lo que pudo dormir a “pata suelta”.

El secuestro

A las once asoman los lideres juntos y ya estaba el pequeño en guardia, solo que este había llegado minutos antes.

Antoñito: ¿Lete bajó ya el abuelo y su mujer?

Lete: ¡Sí, acaban de bajar¡. Les contestó por no sufrir reprimenda por su falta de seriedad en lo que tanto les había costado planear.

Suso: ¡Nosotros subiremos y tú vigilas¡. Encomendaron al pequeño.

Llegan los dos al huerto contiguo y he aquí que la suerte les favorece, el vecino se dejó una escalera junto al tejado, que le había servido para pintar el día de antes. Con la agilidad y sigilo que caracteriza a cualquier depredador, trepan al tejado, una... dos... tres... tejas rotas y un vacío de tres pisos, “el Antoñito” que iba el primero, no se lo pensó dos veces, de un salto lo salva exponiendo su vida. El Lete siente un ahogo en el pecho, unos sudores fríos le recorren todo el cuerpo, de pronto se queda inmovilizado, pero animado por su compañero da un salto agarrándose al antepecho de la terraza como si de su vida se tratara.

Al llegar a la terraza en el tejado descubren dos machos azules: el “Vuelto” un ejemplar de más de diez años cuya cara parecía blanqueada por el efecto que producía el rosco formado por las rosetas y las verrugas inferiores. El “hermano de la baya” un hermoso ejemplar quinta generación del vuelto en azules limpios, pero portadores de bayo. Estando los azules fuera de su alcance, ya se lamentaban su mala suerte, cuando de frente ven dos rosados “Los Tobis”, que por su corta edad, aunque ya han dado su primer vuelo al tejado, están encerrados para no ser acosados por los adultos. Los tobis eran una postura que había sacado el abuelo, para sustituir su último rosado que había caído presa de las rapaces, para ello había utilizado aquélla tobi que se perdía en la memoria de los tiempos y el ahumado de cuello espectacular, pero algo débil de carácter. “El Antoñito” coge uno de los pichones y se lo mete en su pechera sudosa y maloliente dejando al pichón todo aturdido, el otro se lo pasa al Suso que hace igual.

Suso: ¡Antoñito por tu madre vamonos que me tiemblan las piernas¡.

Antoñito: ¡no seas gallina, hay que aprovechar el viaje¡.

Pasan al pequeño trastero donde se encontraba empollando la Negra, esta no hacía mucho tiempo que tras recibir un ataque por los halcones, vino con la pata colgando, a su dueño le había costado mucho reponerla y por fin pudo sacarle una postura con el “Chiquitín”, un azul que en el aire se mecía y había llegado a tal agudeza en la caza del zurito, que cuando alguno, recién destetado le pedía de comer, lo adoptaba y los llevaba hasta su tronera. El “Antoñito” tras coger a la negra creyendo que era un macho por sus atributos de cabeza, la mete con el tobi que en el reparto le había tocado. Ya salían por la puerta cuando al “Suso” le viene una idea genial, coger los huevos para pasarlos a una pareja de zuritos que acaba de poner en su casa, así podría tener él un negro también.

En la primera planta se encontraba el matrimonio que por circunstancias de la vida no había ido ni a misa ni al mercado. Cuando notaron la vibración propia del que camina en la terraza, se miraron el uno al otro y en un suspiro supieron lo que estaba ocurriendo. Con la agilidad que sus edades le permitían subieron a la terraza. Algo debieron de notar los dos aficionados a lo ajeno, porque con la rapidez que caracteriza al que se está jugando su libertad, buscan un descenso más rápido aunque más arriesgado, la única solución que les quedaba sino querían ser cazados, era el abismo, saltan al tejado y de este al suelo con un desnivel de seis metros. Al llegar al suelo la negra que intuye que lo que ocurre no es normal, encuentra un hueco de salida entre la camisa y la piel sudosa del “Antoñito” y huye aunque algo magullada. Más rápido huían los dos mozalbetes perdiéndose por una de las calles adyacentes a la Plaza.

Un susto de muerte

Ya a salvo “Antoñito” observa como a “Suso” le sangra la entrepierna.

Antoñito: ¿Suso estás herido?

Suso: ¡no, solo se me han roto los huevos¡.

Comprendió todo cuando metiéndose las manos en los bolsillos comenzó a sacar los dos cascarones que chorreaban un liquido entre sanguíneoliento y amarillo yema correspondiente a los embriones de la nidada de la negra que debiera de estar mediada en su proceso de incubación. Tras pasar el susto decidieron perderse cada uno por su lado y disfrutar de su botín, aunque el “Antoñito” se maldecía por haber dejado escapar lo que según su entender era el macho negro.

El veterano colombicultor tardó treinta segundos en saber lo que le faltaba. Los tobis, la nidada y por deducción intuía que la negra, pues sabía que empollaba por la mañana.

Con la tranquilidad que le dan los años, pero con la excitación que produce que te toque lo tuyo, decide coger el teléfono y llamar a su hijo, que para eso llevaban su anilla de propiedad y además era Policía.

El hijo jamás mezclaba la afición con el trabajo, por él habría dejado perderse los pichones, al fin y al cabo tenían los padres. Pero en el fondo pensó ejemplarizar a los zagalones del barrio para hacerles desistir en sus ideas de posesión de lo ajeno. Por fin se decide a darle el tratamiento obligado al caso y preguntando en el barrio, pronto encuentra una posible pista de los autores, dirigiéndose a las proximidades de su domicilio. Al llegar a la puerta de la casa de Suso, no le da tiempo a preguntar, cuando un pequeño que apenas sabe hablar le dice “ mi hermano no ha robado los palomos”. La Policía que no es tonta pronto comprende que sigue una buena pista por lo que se dirige a la madre y asegura y pregunta al mismo tiempo: ¡Señora su hijo acaba de cometer un robo con escalo¡. El tratamiento legal lo haría, no se sabe si por deformación profesional o por dar más oficialidad a la afirmación.

Con el instinto propio que sienten las madres a proteger a sus hijos asegura: ¡mi hijo lleva aquí toda la mañana, por lo que él no puede ser¡. El interrogador apenas le deja acabar y le pregunta el paradero de su hijo, a lo que responde: ¡no lo sé acabo de llegar del trabajo¡.

Viendo que por aquí no sacaría nada en claro decide ir al domicilio del “Antoñito”.

“Buenos día señora vengo a por los palomos que acaba su hijo de robar en casa de mis padres”.

La madre con el mismo instinto encubridor que la anterior responde: ¿cómo sabe usted, que ha sido mi Antoñito?

Muy sencillo me lo acaba de decir el Suso. Se tiró un farol el Policía. A la madre aquélla referencia le parecía nefasta, pues todos los males que le ocurrían a su hijo se los achacaba al Suso y la madre de este al Antoñito. Así que con la certeza que da el conocimiento de los hechos, llamó a su hijo y este salió de la terraza donde tenía el palomar, con ojos de cordero degollado y como el que no ha hecho nada malo en su vida, le echa la culpa a su hermano menor. El pequeño que incrédulo pensaba que los dos guantazos que su madre rifaba le fueran a tocar, echaba la culpa al mayor llorando a lagrima viva.

El Oficial satisfecho con la rapidez que se había resuelto la identidad de los autores y con la experiencia que tenía, optó por dar un respiro a la madre: solo quiero los palomos y no realizaré denuncia, pues son menores, apostilló para auto justificarse por su incumplimiento de la obligación de realizar la denuncia pertinente. La madre creyendo en la inmunidad ofertada, se ofreció a resolver el problema, con lo que en contra de sus principios le hizo pasar al palomar para que cogiera lo que creyera que era suyo, eso jamás lo habría permitido de no creer en su buena fe, pues a más de un sabueso le había pedido la orden judicial cuando pretendía pasar del quicio de la puerta.

El regreso a casa

La terraza era más un campo de concentración que un palomar, pues había toda clase de ejemplares: mensajeros, picas, zuritos y razas diversas, pero todos tenían en común varias cosas, no tenían anilla y por su aspecto embolado y tristón estaban hambrientos.

En el tejado estaba uno de los tobi, cuya anilla de propiedad brillaba por su ausencia, ante la pregunta del dueño por el otro tobi, el niño responde que lo tiene el “Suso”.

Un poco mosqueado y presintiendo que había que darles tiempo para deshacer su fechoría se marchó, no sin antes apostillar:

De aquí al lunes los palomos tienen que estar en su sitio, sino instruiré diligencias y los niños pasaran a disposición del Juzgado de Menores.

Terminadas las pesquisas y un poco harto por todo aquello que le resultaba irrisorio comparado con lo que había visto en sus veinticinco años de vida profesional, se marchó al Palomar.

La negra ya estaba en su nido incubando dos huevos de yeso, su dueño con el fin de que el trauma pasado fuera menor, pensaba dejarla empollar hasta el final, luego sacaría la siguiente postura. El tobi no tardó mucho en dar un vuelo de reconocimiento y debió de reconocer la torre de la iglesia y de esta el tejado del palomar, porque estaba en el tejado arreglando su desordenado plumaje, consecuencia de las peripecias pasadas, pues en dos horas lo habían secuestrado, arrojado desde seis metros, cortado la anilla de propiedad y expulsado a un tejado desconocido. Mucho para un solo día debió de pensar y no se atrevió a bajar hasta la noche, obligado por el hambre, la sed y la querencia nocturna.

Al día siguiente el tobi que faltaba aun no había vuelto. Ante la duda de abandonar o no permitir lo que para su padre era una tomadura de pelo, el Policía decide hacerles una visita a la familia del Suso, para preguntar por el palomo, pero él y su familia, se habían perdido y nada ni nadie daba razón de su paradero, posiblemente se encontraban en alguna casa de campo donde tenían los palomos. Vuelta a ver a la familia del Antoñito y tras amenazarles de nuevo con el Juez de Menores, se marchó a su palomar, mediando pocas palabras. Ya en su atalaya padre e hijo charlaban de tiempos pasados y palomos ausentes como hacían casi todos los domingos, cuando vieron llegar torpe y tembloroso el tobi que faltaba. Probablemente acaban de soltarlo en la Plaza, susurró el Padre. Pero el hijo pensó que esos personajes ya tenían bastante desgracia en la vida, todo podía darse por acabado. Lo importante fue el ejemplo dado, pues en menos de dos horas los aprendices de ladrones se vieron descubiertos, cundiendo la voz entre ellos con lo que en años sucesivos, nadie osó intentarlo de nuevo.

Moraleja: Si eres joven y sin medios económicos, por mucho que te gusten los palomos no los tomes, pide con humildad, que siempre habrá quien se vea reflejado en tu sombra y te ceda aunque sea una nidada de huevos con la que empezar.

Juan Espinosa Martínez